Hoy es domingo. De verdad, lo es. Eso dice mi nuevo reloj en un LCD transparente y que, además, marca la temperatura. Los domingos prendo un cigarrillo y la nueva rutina, de la nueva mascota, exige su cambio de agua todos los domingos. Primero lo observo durante varios minutos. El betta es consciente de sus alrededores y si descubre movimiento, suele perseguirlo con curiosidad. Dicen que eventualmente reconoce a su alimentador. No me gusta decir dueño, porque hablar así de un “hermoso guerrero” es un poco… triste, prefiero alimentador. Es rojo, casi guinda, y sus escamas parecen grises en el fondo. Tiene la barbilla y el rostro gris. Eso me preocupaba un poco. No podía recordar si tenía el rostro gris de inicio y, honesta y desgraciadamente, no me fijé en todos sus colores el día que nos conocimos. A veces pienso que tiene hongos. Sin embargo, luego de ver con atención sus escamas encontré ese gris que le da un suave contraste. De vez en cuando le pongo un espejo para que se sienta macho, abra las aletas y marque su territorio. Eso lo mantiene activo y con ganas de putear gente. El pez betta es un gangster nato. Otra cosa que ayudó fueron unas plantas y un coral artificial adentro de su pecera. Suele nadar alrededor de ellas, pensando que ahora vive en un mundo aparte, un mundo propio. ¿Cuánta memoria retendrá? Supongo que no mucha. Tiene la dicha de encontrase con un nuevo mundo cada dos o tres vueltas. Cuando está aburrido se acuesta sobre una de las piedras y mira la pared blanca. Se llama Mendelssohn, como el compositor preferido de mi abuela. En ocasiones la recuerdo mirando la pecera, donde mi hermano tuvo a su primer pez betta (Bryan). La abuela se preocupaba, preguntaba si le habíamos dado de comer porque se veía muy triste. Le preocupaba la inactividad de un animal, y ella odiaba los animales, cualquier tipo de mascota era inadmisible, demasiado sucio, lleno de bichos y quién sabe cuántas enfermedades. Pero ella se preocupaba por ese pez. Mendelssohn es un recordatorio de las palabras que no decimos, las palabras que se interpretan de muchas maneras.
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Si te gusta lo que escribo y me compras un libraco, me estarías pichando el cafecito de la semana, el cual, por supuesto, como bien dice la leyenda urbana, me servirá para seguir escribiendo más libros, más cosas, más perversiones lujuriosas y otras ñoñadas.
Todo lo dicho aquí…
Son cómo las hojas de un árbol. Cada una tiene una intensión distinta, aún cuando invariablemente se alimentan del agua y de la luz del sol, ninguna crece igual. Cuando abandonan el árbol, el destino elige un lugar para cada una. Nadie sabe si un pájaro se llevará la hoja, o si acabará bajo los tenis de alguien. Hay hojas que sueñan con secarse para regresar a la tierra, hay otras que son cruelmente robadas para esconderlas entre las páginas de un libro y sufren una muerte larga y silenciosa, hay otras hojas que desafían las leyes biológicas y se empecinan en convertirse, por el modo que sea, en un árbol nuevo y verdadero.


