Hace dieciséis años, empecé a escribir una novela de fantasía. Lo hice después de leer muchas dellas y pensé que deseaba escribir una. La animosidad infantil me llevó incluir un viaje entre los amigos del presente y del pasado, y descubrí, que gracias a las mudanzas y los abandonos, los amigos que dejé en un lugar le pertenecían a un Fest y los amigos que tenía en otro lugar eran de otro Fest. Me parecía que eran universos paralelos y mi persona se había fragmentado. A través de mi propia novela entendí, gradualmente, la amargura que sentía uno por el abandono y la inocencia que tenía el otro. Uno y otro. La otredad. Lo que entendían unas personas, pensaba que jamás lo podrían entender otras. Me convertí en múltiples personajes de mi propia historia y todos se llamaban igual: Fest, Fest, Fest. Pasado el tiempo, intenté escribirla de nuevo. Incluí otros personajes, maté mi multiplicidad y sólo agregué unas pequeñas referencias, unos guiños muy discretos a estos amigos que cambiaban con el tiempo. La novela sigue inconclusa. Ahora me acompaña todas las semanas, con sus palabras escritas hace más de diez años, sus errores y su exceso de cursilería. Tacho algunas cosas, y otras, por respeto al chamaquito, las conservo. Ahora sólo escribo la novela para terminarla. El sentimiento inicial, si mal no recuerdo, es que deseaba escribir una novela de fantasía que no excluyera todo tipo de bestias y conflictos. Semana con semana, agrego y quito palabras. Terminaré mi promesa y juntaré todos los fragmentos en uno solo.
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Si te gusta lo que escribo y me compras un libraco, me estarías pichando el cafecito de la semana, el cual, por supuesto, como bien dice la leyenda urbana, me servirá para seguir escribiendo más libros, más cosas, más perversiones lujuriosas y otras ñoñadas.
Todo lo dicho aquí…
Son cómo las hojas de un árbol. Cada una tiene una intensión distinta, aún cuando invariablemente se alimentan del agua y de la luz del sol, ninguna crece igual. Cuando abandonan el árbol, el destino elige un lugar para cada una. Nadie sabe si un pájaro se llevará la hoja, o si acabará bajo los tenis de alguien. Hay hojas que sueñan con secarse para regresar a la tierra, hay otras que son cruelmente robadas para esconderlas entre las páginas de un libro y sufren una muerte larga y silenciosa, hay otras hojas que desafían las leyes biológicas y se empecinan en convertirse, por el modo que sea, en un árbol nuevo y verdadero.


