Estuve una semana en la Ciudad de México y esta vez me sentí distinto. Me sentí, por primera vez, un visitante. Todos los días tomé camión, metro y metrobús. Evité los taxis lo mejor que pude. Procuré no utilizar audífonos para escuchar a la gente, husmear sus conversaciones y apropiarme de sus diálogos. Un buen oído es importante. Usé las piernas para caminar y regresarme un poco de la ciudad que fue mía. Haciéndolo así, descubrí que “me faltó tiempo”. Esa frase que solemos usar cuando estamos de turistas en un lugar que nos agrada. Conocí gente, compartí con los amigos y me faltaron tantos rostros, tantos nombres, tantas conversaciones. Ahora sí, como siempre. Una de sus noches, caminé mirando atrás, buscando asesinos y asaltantes. Temí cuando me subí a uno de sus taxis, y el taxista volteaba a mirarme constantemente. El miedo es un fragmento de la ciudad y uno de mis últimos recuerdos en ella. Fumé con mis ex-compañeros de trabajo, me reí con ellos y hablamos como cuervos a escondidas de un escritor. Extrañé esa etapa de mi vida, mi segunda familia. Tomé una malteada con Ariadna y hablamos de aquella otra etapa, los estudiantes de literatura inglesas y sus necedades. Así supe lo que había sucedido con nombres que solamente son una etiqueta de Facebook para mi. Me tomé un café con Salma, Arianna y con Geraldine. Otra noche tomé mezcal con una lista de agraciadas personalidades. El primer día pensaba que había sido estúpido por olvidar un libro, y… no lo necesité. Así no me perdí el río de estudiantes en la secundaria de Avenida Coyoacán, la cantidad de gente que sale después de un partido del Cruz Azul, el eterno tráfico en los ejes, viaducto e insurgentes, el manual para comprar una tarjeta de metrobús, todos los rayones en todos los anuncios, los pasos invisibles de mi abuela en la Narvarte, en la Unidad, en el Distrito Federal. Dormí durante todo el regreso, soñando todavía con aquellas noches, que me parecieron –a su modo– inolvidables.
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El árbol 2:17 tiene una tienda, muy modesta, de libros digitales (libres de DRM). Aquí puedes ver la página de la tienda.
Si te gusta lo que escribo y me compras un libraco, me estarías pichando el cafecito de la semana, el cual, por supuesto, como bien dice la leyenda urbana, me servirá para seguir escribiendo más libros, más cosas, más perversiones lujuriosas y otras ñoñadas.
Todo lo dicho aquí…
Son cómo las hojas de un árbol. Cada una tiene una intensión distinta, aún cuando invariablemente se alimentan del agua y de la luz del sol, ninguna crece igual. Cuando abandonan el árbol, el destino elige un lugar para cada una. Nadie sabe si un pájaro se llevará la hoja, o si acabará bajo los tenis de alguien. Hay hojas que sueñan con secarse para regresar a la tierra, hay otras que son cruelmente robadas para esconderlas entre las páginas de un libro y sufren una muerte larga y silenciosa, hay otras hojas que desafían las leyes biológicas y se empecinan en convertirse, por el modo que sea, en un árbol nuevo y verdadero.


