Llegué al departamento que había rentado Arminius para vigilar a las vampiras. Iba a tocar la puerta cuando él ya la estaba abriendo. Me sonrió nervioso.

-Iba por cigarros.

-No te detengas, ve por ellos. Aquí te espero.

-No, cabrón… No. Si te dejo solo, seguro te vas a la casa de las vampiras a dispararles.

Sonreí. Ampliamente.

-Te espero. Confía en mi.

Unos minutos después, Arminius fue por sus cigarros, no sin antes darme una última mirada inquisidora. Me encogí de hombros. Me asomé por la ventana y efectivamente, la casa estaba frente a nosotros. Dos o tres camionetas negras, con sus respectivos guaruras, protegían la entrada de la casa.

Eran las dos de la tarde. Mi conocimiento popular de los vampiros me decía que no las encontraría paseando a esa hora. Conté diez guaruras. Se comunicaban por radio, así que debían haber otros más cerca.

El departamento estaba vacío. Ni siquiera había un refrigerador. Solamente el telescopio, un colchón y una caja, donde había una pistola y las anotaciones de Arminius. Les eché un vistazo: al menos veintidós guaruras distintos. Había visto a seis vampiras, incluyendo a la hija de la señora que lo contrató. Anotaciones de los horarios nocturnos de las mujeres. Los matutinos y vespertinos de los guaruras.

-Cuanto detalle bastardito. Veamos si dice por aquí cuanto te están pagando.

Nada. Armenio siempre era cuidadoso. Por eso me caía bien confiarle el dinero y los datos. Un cobarde de primera, eso sí. Pero información, siempre la tenía en el momento exacto que debía tenerla.

Tocaron la puerta.

Me asomé por la mirilla y eran tres hombrecitos con los ricitos en la barba y los sombreritos que tanto abundaban por la colonia. Judíos. Parecían pacíficos, pero… nunca, nunca, me he guiado por las apariencias. Saqué mi escopeta recortada por debajo de mi chaleco. Debía se precavido, aún cuando no supiera sus intenciones. Parecían pacíficos y debiluchos.

Tocaron de nuevo y les abrí la puerta.

-Shalom.

-Buenas tardes -respondí.

Apareció otro judío. Uno más grandote que sus hermanos. El cabrón me aventó a Armenio encima y la escopeta recortada salió volando. Corrí para levantarla, pero uno de los debiluchos ya la tenía en sus manos. Se veían cómicos, con sus rulos y sus barbas volando agitadas con el movimiento.

-Espere, espere. No queremos ocasionar problemas -dijo el judío que tenía la escopeta en sus manos-. Vinimos a dialogar.

Me levanté a ver al Armenio. Estaba inconsciente y golpeado. Miré después al judío grandote. Su piel estaba extraña. No respiraba y sus ojos, parecían más bien tallados sobre vidrio.

-Dígale eso al hijo de puta que me aventó a mi compañero.

-Es un golem, señor Medel. Los golems no siempre cumplen bien las órdenes. -dijo el judío. Hablaba tan naturalmente con la escopeta en sus manos, que no reprimí una sonrisa de emoción-. Sabemos que hacen aquí. Mi nombre es Aarón. Mis hermanos son Benjamín y Ciro. Nos enviaron a una misión. Temo que ustedes pueden interferir con la misión si los dejamos actuar.

Arminius tosió. Ya estaba despertando. Acerqué mis manos a los tobillos y fingí que estaba desorientado. Venía a matar vampiras, y me encantaba la idea de matar judíos de alguna sección secreta de su religión extraña y misteriosa.

-Catorce judíos de nuestra comunidad han desaparecido desde que las hijas de Caín han tomado esa casa. No podemos permitir que esto continúe así. Tengo entendido que quieren el cuerpo de una de ellas, pero no podemos permitirlo. Debemos destruirlas a todas.

-Yo sólo estoy escuchando que no me quieren permitir muchas cosas y eso, no le funcionó ni a mi padre, ni a mi madre.

-Los mandamientos del Viejo Testamento tienen una razón de ser.

-Aburrir.

Arminius observaba el intercambio con interés, sacó un cigarrillo y lo prendió. Sus ojitos de ratón nervioso miraban a mi pistola, mi sonrisa, mis judíos, mi golem y mis huevos. Al mirar las muecas desaprobadoras de los judíos por mi respuesta, decidió intervenir.

-Escuchen. Nosotros estamos trabajando. Somos detectives privados. Sólo necesitamos una prueba de que la niña no esta viva. Es todo lo que pedimos. Si nos permiten conseguir una prueba, abandonaremos este lugar y no formaremos parte de ninguna guerrita.

Benjamín avanzó delante de su hermano.

-Les pagamos dos millones de dólares a cada uno de ustedes si abandonan ahorita.

Arminius le brillaron los ojitos. Miré las piernas del golem. Parecían débiles a comparación del resto de su cuerpo.

-¿Dos millones de dólares? -preguntó Arminius y me miró fijamente. Ah, pinche Arminius, qué barato te vendes.

-Esto, por supuesto, no deben decidirlo ahorita. Nosotros planeamos entrar esta noche. No nos gustaría una intervención externa -continuó el aburrido de Benjamín. Mientras seguía moviendo sus manitas y su boca de putillo cobarde, me aventé contra las piernas del Golem.

Escuché muchos gritos, esos que me seguían prohibiendo cosas. Los puños del golem golpearon mi espalda con una fuerza brutal. No era la fuerza de un humano. Llegué a pensar en los puños de tres boxeadores con esos golpes. Aún cuando se me fue el aire, pude levantar al Golem de las piernas. Cuando este cayó al suelo, aplasté su pecho con mi pierna. Se hundió como si se hundiera en lodo. Sus ojos perdieron brillo y sus puños dejaron de pelear.

Tosí sangre. El golem me había roto una costilla.

-¡Señor Medel! -exclamó Benjamín-. ¡Usted no sabe en lo que se está metiendo si continúa con su actitud!

-Así me hablaban en la escuela. Por eso la abandoné.

-Ya. Ya. Hermanos, ya -intervino Ciro, adelantándose a sus dos hermanos-. Sabemos de Medel. Hemos revisado su archivo. Siempre hace lo que quiere, según el perfil psicológico que tenemos de él. Sin embargo… le daremos esta tarde para que decida. Son dos millones de dólares por no pelear esta vez.

Me levanté limpiándome el polvo que había dejado la criatura en mis jeans. Tan pronto estuve de pié, sentí la costilla rota. Lancé mi cuerpo contra Ciro, con la pistolita de puto en mi mano derecha. El cañón de la pistola lo hundí contra su mejilla, pero ya tenía a los otros dos hermanos deteniéndome, uno de ellos con el cañón de mi escopeta recargada empujando sobre mi costilla rota y el otro con un puñal amenazando rajar mi cuello. Mis huevos eran más judíos que estos cabrones.

-Y yo pensaba que eran putitos. De verdad.

-Esperen, esperen, señores, sus santidades… aguanten vara. Dijeron que íbamos a dialogar.

-Repito -dijo Ciro, manteniendo el rostro duro aún cuando el cañoncito de la pistola empujaba contra su piel-. Todavía tienen tiempo para decidirlo.

Los judíos me soltaron y abandonaron la habitación, cerrando muy respetuosamente la puerta detrás de ellos. Se llevaron mi recortada. Dejé de fingir juventud, me dejé caer al piso y escupí sangre. Arminius fue por un botiquín para vendarme el pecho. Mal, mal, mal. Lo único que me consolaba, es que habían necesitado a un monstruo para herirme.

-Ah cabrón, pinche Medel. ¿Seguro que no quieres aceptar los dos millones de dólares?

-Totalmente. Después de la putiza que me dieron, hasta crees que voy a dejar que se vayan limpios. Escúchame cabrón: Si me abandonas como en Singapur…

-Ya sé, ya sé.

-¿Estamos juntos en esto?

-Son judíos… y loquitos, Medel… y vampiras, y veintiséis guardaespaldas…

-Pensé que eran veintidós.

-No. Encontré los que me faltaban cuando fui por cigarros.

-Mejor para mi. Ya me encabroné y necesito con quien desquitarme.