Como estudiante de literatura, he aprendido que el oficio no es sencillo, al menos no para llegar a la media de un canon literario o para que los académicos le miren a uno de reojo. A medida que uno lee, que uno se nutre de vocabulario, de conocimientos, de la visión de artistas, poetas, novelistas… se pierde la ingenuidad del que cree que es muy fácil volverse escritor (canónico) de la noche a la mañana. Sin embargo, se gana el entendimiento, se gana un “¿Cómo lo hace?”. Uno aprende como los escritores logran ser leídos y apelan al gusto de las personas. Uno aprende los artificios de los que se valen los escritores para que te guste lo que estás leyendo o para que cuando llegues a la última página, acabes satisfecho por haber comprado la novela.

Hay dos libros en especial cuyo desarrollo es fantástico: “Cien Años de Soledad” de Gabriel García Márquez y “Rayuela” de Julio Cortázar (el final del segundo orden). Esas dos obras, a su manera, son perfectas. Son desarrolladas de una manera bella, elegante, sugerente. No sientes que nada sobre y nada falte. Tienen un vocabulario abundante. Las obras te llevan a su paso para que llegues a un final contundente, y aunque no quieras llegar a él, es inevitable. Lo que me llama la atención de esas dos obras es que aunque distintas entre sí, ambas son buenas y ambas apelan al gusto popular. No digo que a todos les guste, pero si a un gran sector de gente, incluyendo los que rara vez leen. Y muy importante, tienen una aceptación dentro del mundo académico.

Ese para mi, es el standard que debe tener una obra contemporánea. La obra traspasa el umbral del entretenimiento para convertirse en cultura popular. Al llegar a ese punto, verdaderamente podemos llamarle arte.

Y están los otros libros, los menospreciados que se venden muy bien. Un Dan Brown, una J.K. Rowling, una Agatha Christie, un Sir Arthur Conan Doyle, un Stephen King. Los escritores cuyo arte se convierte en comercio. Suelen ser obras cuyas historias no trascienden tanto como sus personajes o que tienen buenos momentos pero rara vez, la obra como un todo, permanece en la consciencia de la persona. En el mundo académico, pocas veces son aceptadas, aunque un gran número de personas les defienden como las obras literarias de la mayor importancia…

¿Cómo lo hacen? A los estudiantes de literatura nos enseñan a apreciar la obra como un todo, se nos muestran los grandes y pequeños recursos que forman toda una obra de arte en conjunto. No es el caso de la literatura comercial, hecha específicamente con el fin de entretener. Ese, tal vez, es su valor más importante y es lo que logra conservar a los lectores. ¿Quién quiere leer la ciclotimia de un Oliveira o la necedad del primer Aureliano, cuándo tenemos historias de detectives en una escuela de magia y los códigos para llegar al Santo Grial?

Seguiré pensando al respecto… curiosamente, me doy cuenta que esto también sucede en el mundo blog… ya veremos a donde me llevan mis reflexiones.