Ayer, fui a desayunar con Doña Maru antes de ir a la escuela. Tenía como cuarenta o cincuenta minutos para hacerlo y pues… dicen que no es bueno ir a la escuela con la panza vacía. So, salí campante con mi mochilona, caminé como conejito bailarín hacia el establecimiento, les dije buenos días a todos (aplausos pre-grabados, como cuando entraba Kramer en Seinfeld) y tomé asiento. Llegué a las 11:30 AM, una hora decente, considerando que todo mundo abre a las 9 ó 10. Pasaba el tiempo y me di cuenta que no tenían nada listo, todavía estaban guisando. Tuvieron primero el consomé listo, así que fue lo que me sirvieron.
Entró otro señor y tomó asiento, también le dieron su consomé. Ninguno de los dos teníamos tortillas, ni el limón acostumbrado. Debo explicarles algo–: Si algo me enoja… si algo alimenta el monstruo que tengo adentro y hace que le crezcan ramas oscuras y siniestras… es que me hagan esperar. Sea un servicio, un amigo o una novia… es lo peor que me pueden hacer. Dejarme esperando. Eso me transforma en el energúmeno que todos llevamos dentro. Me comí muy lento el consomé, en lo que me traían las tortillas…
¿Pues no le llevaron las tortillas al señor que llegó después y a mi me dejaron esperando otros diez minutos? Ya me había acabado el consomé para cuando las tenía. Me salté el arroz (o spaghetti) y pedí el guisado. El reloj no me daba mucho tiempo. Y cometí un error, hubiera pedido el arroz de cualquier manera… porque para el guisado, se tardaron años. Y para colmo, me la volvieron a aplicar: Al señor de enfrente le llevaron el guisado antes que a mi. El monstruito creciendo, Doña Maru disculpándose y finalmente… me di cuenta. Una revelación como nunca la había visto antes.
Yo tenía la culpa.
¡Claro, era clarísimo! Aquella frase tomó sentido: No pidas algo que la otra persona no te pueda pedir. No des algo que la otra persona no te pueda dar. Y todas esas fracesitas (mañana, me cae que abro un taller de autoayuda). Era tan fácil como dejar de comer con Doña Maru en las mañanas cuando apenas está cocinando. Si me da un excelente servicio en las tardes, mejor siempre voy en las tardes y en la mañana, engañarla con… no sé, el señor de los licuados. Así de sencillo. La otra opción era, tal vez, dejar de comer con Doña Maru por un sólo incidente… pero nah, no soy tan intolerante… la tercera es la vencida, siempre.
So, me comí mi guisadito tranquilo, llegué cinco minutos tarde a la escuela y dejé de pensar en tantas imbecilidades, teniendo la solución a la mano. (Taller de autoayuda, ¿quién se anima?)



