Ayer, la luna estaba tan grandotooota… que su luz, penetraba por una pequeña rendija entre las persianas, la ventana y la noche. No pude cerrar los ojos para dormir a las tres veinticinco a eme, porque me distraje mirando… a ver si de pronto se transformaba en conejo o en algún súcubo benevolente.
Cuando la luna, lunota está así… convertida en el ojo azul de un gris gato nocturno, me salen pelos y colmillos, y aúllo (ay no, mamón). No, no, no hago esa transformación mística y alucinante… pero si me pongo a meditar. Me descubro en un “éxtasis contemplativo”. Ilapso, es la palabra. Y las canciones de lunas se encienden en la radio de alguna parte de mi inconsciente: “Luna Menguante”, “Luna Misteriosa”, “Caraluna”, “Moon sonata?”, qué se yo.
Me doy cuenta, lentamente, que todo ya terminó. Ya estoy descansando, ya no hay más que decir o que preocupar o que hacer. Eso dice la luna, lunota. Ahora solo me resta vivir aquí sentado, allá caminando, de repente viajando. Ya no me urge nada, nada es tan importante y me río: jamás lo fue. No hay plan perfecto, ni prevención que valga… Nada es para siempre: Ni el amor, ni el dinero, ni el odio, ni la familia.
Es hora de divertirme un poco, de ofrecerle al gato pardo un par de acertijos, de cometer los pecados que jamás confesaré en el purgatorio…
De hacerte el amor… luna, lunota…



