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El maestro de los disfraces.

By on Viernes, agosto 6, 2004

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En la ciudad de México, cerca del Zócalo, vive el Maestro de los Disfraces. Es un hombre viejo, que para salir suele vestir estrafalariamente… en la cabeza, puede usar un gorro de aviador como el sombrero de un arlequín. En el pecho, puede usar la chamarra de un pandillero o el chalequito de un bailarín de flamenco. Los pantalones, pueden ser los de un vaquero o bien, la falda de un escocés. El Maestro de los Disfraces, poseía todas las ropas y decían que estas eran mágicas ya que daban al que les vistiera el modesto conocimiento de la habilidad que representaran.

En su local, tiene aparadores para los disfraces normales que confecciona para la gente normal. Disfraces de superhéroes, botargas de pollos gigantes, máscaras de monstruos. Y si uno, tan sólo uno, fuese invitado a pasar al siguiente cuarto, descubriría un nudo en el espacio. Diversas puertas que servían como una bodega organizadas: como el cuarto de los 1800’s, donde había disfraces de cortesanas y de mujiks. O el cuarto de las profesiones, donde había disfraces de fontaneros y de obreros en la casa de moneda. O los disfraces de las personalidades, donde un podía ser Michael Jackson o bien, Maradona. Había una máscara, un disfraz, una personalidad para todo.

En las dos últimas puertas, se encontraba su modesto hogar (un cuarto donde dormir, con un pequeño baño, un “estudio” y una cocina) y su taller de trabajo.

Caminó por su bodega para llegar a su hogar. Ya era noche, pensó el Maestro de los Disfraces, se quitó la gorra de beisbolista en turno, los lentes de agente de la CIA, el chaleco de piel de cavernícola, el pantaloncito de boyscout y los zapatos de Luis XV. Se puso la piyama, una de franela común y corriente. Se sentó en el sillón de su estudio, que más que cómodo, le tenía un cariño de treinta y cinco años. Prendió sus pipa y miró a la ventana. Un edificio, con promocionales envejecidos por lluvias y polvo, eran su punto de mirada al vacío.

–Soy el último –dijo, como decía cada noche y el humo de su pipa, le hizo la acostumbrada complaciente compañía–. Y el viejo derruido en el que me he convertido, es el único disfraz bonito que me queda.

Estiró la mano a un librero lleno de acordeones y tomó uno de estos, tenía una etiqueta que decía 1970-2000. Adentro, se encontraban cuadernos, papeles aislados, fotografías que habían tomado su padre y su abuelo. En ellas, estaban presentando los disfraces que alguna vez los Cien Vidas les habían pedido.

A diferencia de los Cien Vidas, Los Maestros de los disfraces son enteramente humanos. Aún teniendo los poderes que presumen no pueden escapar a la Muerte, a la enfermedad o al hambre. Hubo un Maestro belga, muy habilidoso, que alguna vez intentó hacer un disfraz de la Muerte, sin embargo, murió antes de terminarlo. Misteriosamente, le cayó un árbol encima un día de primavera.

Es un oficio que tiene milenios de existencia, el primer Maestro hizo un disfraz de dientes de sable y nuestro último Maestro hizo el disfraz de geek. Se adaptan al tiempo, se adaptan a las necesidades, pero no por ello, pierden de vista los clásicos.

El oficio nació gracias al Primer Cien Vidas, quien descubrió en sus genes la suerte camaleónica de cambiar su cuerpo, mente, espíritu o lo que fuera, dependiendo de la necesidad o el deseo del momento. Y eso fascinó al primer hombre que le observó y descubrió cierta afinidad, cierto vínculo al observarlo. Como el hombre que imitó a los animales de garras, él quiso construir la lanza. Sintió en si mismo la facilidad de seguirlo, entenderlo y servirle a donde fuera. Aquel Cien Vidas soltó su conocimiento o lo poco que sabía, sin ninguna reserva.

Estudiosos por naturaleza, los Maestros de los Disfraces han registrado ese conocimiento desde el principio, sin perder la fascinación, el asombro y la curiosidad. Es el impulso, el espíritu que los ha movido desde tiempos inmemoriales. Y no hubo ninguno en milenios que decidiera romper con ese esquema. Excepto el último de ellos, quien miraba anuncios de cabaret y de tocadas, el humo de su pipa le acariciaba los ojos y se repetía, soy el último. A ratos, tomaba las fotos de su padre y de su abuelos sonrientes y las dejaba caer al piso.

Después del rito, dejó las fotos en el piso. Ya mañana temprano las levantaría. Se metió al baño y se miró al espejo, desganado. Se palpó las arrugas, las ojeras, la calva y se sonrió como un perro para verse los dientes. No se sintió mejor. Acercó la mirada al espejo y prestó atención a su ojo… entonces, la revelación.

–No puede ser… –murmuró–, ¡Soy una de tus vidas! ¿Por qué? ¿Por qué yo? ¿Qué necesitas de mi?

¿Qué necesito de mi?

Y el poder dormido de aquel Maestro de los Disfraces, despertó en toda su sensibilidad. Tanto que le vibró todo el cuerpo y una juventud que no sabía que tenía, le hizo retorcer todo el cuerpo. Estaba excitado, finalmente comprendía tantas cosas y perdía las telarañas autoimpuestas. El foco del baño se fundió y el espejo se rompió, se carcajeó de los siete años de mala suerte con sus manos torcidas y su boca abierta a más no poder.

–¡Son dos de ustedes! ¿O de nosotros? –balbuceó el viejo maestro–. ¡Y sólo uno sobrevivirá al final! Solo yo… sobreviviré.

Y después de ello, se desmayó… se sentía como una *ladilla* con dolor de cabeza, si es que eso es posible.

Al despertar, el Maestro de los Disfraces se afeitó y se vistió con la ropa más informal que pudo encontrar (pero aceptable en la vida diaria, de un hombre común y corriente). Después, recogió una mochila militar que le había pertenecido a su padre y se metió durante largo rato a cada una de las bodegas. Al salir de las bodegas, su mochila estaba llena de disfraces, de ropas, capas y sombreros. Después revisó los cajones de su local y recogió una Polaroid, que no había sido utilizada en mucho tiempo.

Al llegar a la puerta de su local, cambió por primera vez el letrero que siempre decía ABIERTO, por CERRADO. Y dejó una nota especial que decía: “Largas vacaciones”.

Salió y miró las calles, escuchó el ruido de los coches y los gritos de los vendedores ambulantes. La gente que caminaba por ahí, miraba al anciano cargando en sus espaldas una mochila demasiado grande para él.

En voz baja, nadie escuchó lo que dijo–: Iré a buscarte. Te ayudaré. No permitiré que te pierdas. Soy el último y quiero, como todos, que mi vida termine bien.

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