_Dedicado a Mauricio Bonilla Caballero._

Aziel, un nombre profundo y de significado, el ángel de muchos, el ángel que era rápido y eficaz en su trabajo. No sabía cómo había llegado a ser un ser de alas y aureola, ya que gozaba de un carácter muy fuerte. Era decidido y carismático, eso lo entendía, pero también se molestaba muy rápido y actuaba de manera tajante.
Una vez que tomaba una decisión no había marcha atrás. La decisión podía ser no correcta para el afectado, pero siempre era la correcta para el mismo Aziel. Los que buscaban acercársele debían pasar por un riguroso examen en su alma, no cualquiera podía acercarse a ese ángel, los que lograban entrar en su gracia debían pelear duro para no alejarse de él.

Era duro, Aziel era duro con las personas a quienes quería, pero lo hacía por su bien. Gozaba de la franqueza y la honestidad directas, no conocía la palabra sutileza ya que nunca la había aplicado en su vida.
Aún así, no dejaba de ser un ángel. Buscaba hacer el bien, un bien que tal vez era apenas perceptible pero lograba su propósito.

Hacía ya mucho tiempo del comienzo de la guerra entre Dios y Satán, su final distaba de existir. Los ángeles y los demonios habían usado la tierra como su campo de batalla, todo estaba derruído, los pocos humanos restantes eran esclavos o protegidos. Una raza en extinción.

Estos humanos restantes ya no podían comer ni beber agua, sólo podían beber y tomar de la fe o la antife. Lo que ellos decidieran, un clásico de luz y oscuridad. Ya no podían morir támpoco, ya que no había ni Dios ni Satán que pudieran tomar sus almas, sólo dejaban de existir, desaparecían.

Uno pensaría que los que tenían aún fe en Dios, lógicamente eran los que prevalecían, pero eso dejo de ser cuando Dios y Satán se encerraron en la Mirada de la Eternidad, todo recayó a mano de los ángeles y de los demonios para terminar la guerra.

¿Qué es la Mirada de la Eternidad?, Dios y Satán bajaron a la tierra, cómo líderes debían terminarlo frente a frente, una espada celestial contra la lanza decaída, parecía que Dios ganaría cuando se encerró en la mirada con Satán. Dios comprendió y sonrió amorosamente, ambas figuras se convirtieron en piedra y originaron un altar en medio del mundo que dividía el mundo de los justos de la tierra de los pecadores.

Demonios y Ángeles se frustraron y no se diga de los humanos, quienes la mitad estaban enloquecidos y la otra mitad ya no estaba en sus sentidos. En ese momento se lanzaron unos contra otros terminando con más de la mitad de los participantes. Los sensatos huyeron y buscaron reagruparse.

Pero ambos bandos sabían que todo ya daba igual, qué ya no había razón. Sus líderes habían muerto junto con su estúpida guerra. Los demonios y los humanos hicieron una raza nueva llamada los damínicos. Los ángeles y los humanos hicieron una raza nueva llamada los angueuminos. Los prófanos, los demonios y ángeles que decidieron unirse dieron una raza nueva que se llamaron herejes.

La Guerra entre Dios y Satán comenzó por la decisión de un solo hombre. Todo mundo sabía que Carlos Padilla al elegir el mal para cumplir sus propósitos —de bien— fue el productor de toda este embrollo, este gran lío.
Nikath y Anyat, el demonio y el ángel que habían guiado a Carlos hasta ese momento de su vida, habían participado activamente en la guerra aquella, pero Anyat pagó su ineptitud al no dirigir correctamente a Carlos y murió a manos de Nikath.

Aziel miró ese momento y maldijo la estupidez de Anyat, maldició el nombre de Carlos Padilla y maldijo su propia existencia, se lanzó sobre Nikath hiriendo al demonio, logró robarle un ojo antes de que este escapara al Reino Oscuro.

En el Reino Oscuro se refugiaban los damínicos, toda la región de Europa la habían ocupado, también pedazo de Asia y de África.

Los angueuminos habían tomado América en su totalidad, también les pertenecía un pedazo de Asia y de África, pero era invadida constantemente por los damínicos, ¿Qué lo conservaba libre? Tal vez la fe.
Australia era la isla de los herejes, se consideraban apartados de las demás razas y las demás razas los consideraban unos fenómenos. Así que preferían dejarlo así, que cada quien hiciera su vida al margen del otro.

Aziel había aprendido a cuidarse sólo, ya no aceptaba la compañía de los demás ángeles y no la soportaba mucho tiempo, no se diga de los humanos que a él le parecían estorbos, gente sin fe que no pudo dar todo de si para que Dios ganara.

También resentía en contra de Dios algunas cosas, pero prefería callarlas, no era correcto y el tenía la idea de que si Dios ha perdonado a todos, ¿Quién sería él para no perdonar a Dios?

Se dedicaba a buscar a Nikath en ambos reinos, necesitaba cumplir su venganza, necesitaba demostrar a Anyat que estuviera dónde estuviera él podía lograr lo que ella no pudo. Debía enseñarle quien era mejor, quien …

La amó, amó a Anyat y está la decepcionó dejándolo sólo y pagando con su vida. Aziel extendió sus alas, tomó su espada y continuó su vuelo, estaba cerca, Nikath se escondía al margen del Reino Oscuro, en alguna de las ciudades que habían creado los angueuminos cerca del Reino Oscuro.

Nikath alzó su único ojo al cielo, se acercaba el ángel lleno de furia y de venganza, sonrió locamente, su furia y su falta de prudencia harían de esta la venganza perfecta, como decía el dicho, —Ojo por Ojo, diente por diente—, lo repetía para sí mismo.

—Ojo… por Ojo… —y Nikath se acariciaba un ojo que ya no estaba ahí, acarició una bolsa que tenía en su cinturón, algo adentro brillaba, una bolsa redonda y grande. Un perro de tres cabezas postrado a lado de Nikath miró el cielo junto a él, tenía un collar que decía su nombre: Carlos.

Aziel bajó del cielo y miró a su alrededor, era una ciudad de angueuminos, estos le miraron y le saludaron con la señal de la cruz y una sonrisa, el les correspondió de mala gana, odiaba la compañía, odiaba socializar con los cobardes.

Se estaban preparando para una invasión, miró como todos reunían sus cosas, cómo afilaban lanzas y hacían espadas, escudos y armaduras, algunas armas de alta tecnología que habían sobrevivido a la guerra, los llamados rifles y ametralladoras, algunas granadas. Era curioso como durante la Guerra Definitiva no se dio uso a nínguna de esas armas, la única cosa con la que podían confiar eran su Espada, unas buenas Alas y la Fe en Dios.

Decidió quedarse, sabía de alguna manera que Nikath estaría involucrado en esta pequeña guerrita.

Nikath preparó a su ejército de damínicos, todo estaba listo, su escudo de armas era el de un ojo atravesado por una espada, sus damínicos armados y con defensas en su lugar, sabía que podrían lograrlo, sabía que podían tomar aquél lugar.

Al fin y al cabo eso no era lo que importaba, lo que importaba era que Aziel estaría ahí, esperándolo. Acarició la bolsa que brillaba, acarició a su perro y rió cómo nunca.

—Ojo por ojo —gritó y su ejercito le vitoreó.

Aziel trabajó duro a lado de las personas en la ciudad, pero no se acercó a ninguna, no había nadie con quien quisiera estar, no había nadie que mereciera la pena.

La amistad y el amor que había tenido con las personas en el pasado sería irremplazable, ahora sólo deseaba vengarse, no había cabida en su corazón para algo más. Sólo venganza.

Una noche se le acercó una joven que se declaraba sin nombre, su rostro diferente al de las demás, su corazón también distinto en todo sentido, fue la primera vez en que Aziel se sintió envuelto por una persona y que el no podía hacer nada más que dejarse envolver. Aziel sonrió y la joven le sonrió.

Se unieron. Aziel sintió algo más que venganza después de todo.

Nikath dirigió el ejército a su destino, un cántico de Ojo por Ojo profetizando el día gris. El viento llevaba la canción a la ciudad de angueuminos, quienes sólo pudieron rezar mientras trabajaban.

—¿Vas a luchar con Nikath? —preguntó la Mujer de Aziel.

—Así es

—¿Por qué?

—Para defender la Fe

—No es cierto, a mi no me puedes mentir

—Por Venganza entonces

—No lo hagas, preferiría que huyeras por cobarde a que mataras por venganza

—No te pongas así, tú me conoces y sabías que llegaría el día

—Pensé que cuando el día llegara, harías diferente

—Ya ves qué no y que soy de palabra

—No hagas de esa palabra algo malo

—Déjame ser

—No Aziel, déjannos ser, ¿No entiendes qué te amo? ¿Qué ya somos dos? —Aziel calló, usualmente callaba cuando se sentía agusto y algo raro es que no podía mirar a esta mujer a los ojos. Tal vez era por que ella tenía razón. El ángel alzó vuelo, ya había tomado su decisión, la Mujer de Aziel miró a su ángel perderse en las estrellas.

Aziel necesitaba un amigo y recordó que había tenido uno hace mucho tiempo, pero ya lo había olvidado. También se había decepcionado de su amigo.

El ejército llegó puntual al amanecer y se lanzó sobre los angueuminos, no soy táctico ni mucho menos, así que sólo les puedo describir la guerra como lo que fue, un acto sangriento y estúpido cómo siempre, qué sólo se basó en la venganza para seguir adelante, dónde los participantes querían creer que peleaban por proteger su hogar y por conquistar un territorio.

Qué equivocados estaban los participantes, si hubieran sabido que todo era por la pelea entre un ángel y un demonio.

Aziel bajó, Nikath lo miró bajar.

Aziel desenfundó su espada, un humano se acercó a él de sorpresa, pero Aziel con su velocidad divina dio el golpe en el lugar correcto y le cortó la cabeza, unas gotas de sangre mancharon su piel pero no le importó, sonrió hacia Nikath, era hora de vengarse, hora de matarlo.

Nikath preparó su hacha larga, un anguiano se lanzó tras de él, pero Nikath fue más rápido, su único ojo brilló y una sonrisa se dibujó en su rostro al tiempo que partía a la mitad el cuerpo del desgraciado, la sangre baño su cuerpo como una ofrenda demoniaca y se sintió bien.

Desafió a Aziel con su hacha y Aziel respondió.

El Amigo de Aziel se encogió de hombros, Aziel lo miró despectivamente y se fue, ahí fue cuando lo dejó, en el momento de indecisión más grande de su vida. A Aziel no le correspondía la felicidad ni infelicidad de su amigo, así era el, no tenía por que arrastrar a los demás para que caminaran, no tenía por que ayudar a los demás, no tenía por qué…

Pero lo hacía.

Sólo que esta vez no pudo.

No hubo rugir más grande que este para ellos en toda su vida, el chocar de la espada y el hacha tenía vida propia, los demás habían detenido su guerra para rodear en un círculo al demonio y al ángel, se dieron cuenta que en realidad no peleaban por lo que tanto habían tratado de convencerse, si no que peleaban por tonterías. Entre los espectadores estaba la Mujer de Aziel, quien rezaba para que su ángel se diera cuenta de lo equivocado que estaba.

Hubo un momento de esa batalla, que pareció que duró días, en dónde el Ángel se dio cuenta de la bolsa que brillaba, Nikath sonrió al ver que por fin Aziel había sido curioso, sacó el contenido, un contenido que a Aziel le sacó el corazón.

La Cabeza de Anyat, su cabello largo y rubio, Nikath la balanceó, llamó a su perro Carlos y se la dio para que este se la comiera, Aziel miró con lágrimas en sus ojos y apretó los dientes.

Fue como si le hubieran dado un garrafón entero de Adrenalina, la pelea después fue menos interesante, miraron como Nikath ya no podía más, el perro Carlos se lanzó sobre Aziel, pero con una mano lo alcanzó a detener del cuello y con su espada lo partió a la mitad en lo que fueron dos segundos, tiró al patético Nikath al piso a fuerza de espadazos y alzó la su arma dispuesto a clavarla en el pecho del demonio.

La Mujer de Aziel cerró los ojos, Aziel cerró los ojos con ella y fue como si se hubieran dicho algo.

—¿Lo vas a matar por venganza? —dijo la Mujer de Aziel.

—No, tú me enseñaste que eso no debe ser así

—¿Entonces?

—Por protegerte a ti

La Mujer de Aziel sonrió y miró como Aziel triunfó sobre el Mal con su espada.