Nota:

Éste cuento, es probablemente la continuación o el inicio de La guerra y la ilusión, probablemente sería bueno que lo leyeras antes de leer éste.

Gracias.

### Historias de la Tía Yemita presentan: El errante de Francisco Zaldivar. Primera historia de Universos Alternos y la Introducción de los Demonios del Vacío.

Humo salía de todas partes, incendios que ya tenían semanas que se habían apagado hacían de escenografía, explosiones mortales de luz en el cielo que no tenían un origen concreto proporcionaban en algunos muerte certera y eficaz y en otros, horrorosas transformaciones. Había casos especiales en que las explosiones de luz no dañaban a nadie.

Como el caso de Francisco Zaldivar.

Sentado en concreto maltratado por la guerra, se fumaba un cigarro, su camisa y su pantalón que antes habían sido de lujo estaba rasgado, sólo eran jirones de tela. Estaba trabajando cuando las explosiones y la batalla se dio en todo el mundo, por las nuevas armas ésta famosa guerra no había durado mucho, en tres días habían acabado con lo reconocible y bello del mundo.
Francisco llevaba una mochila en la espalda para cargar todo lo que le hacía sobrevivir aún, sobre todo cigarros, muchos cigarros, tenía el presentimiento de que estos eran los que le mantenían vivo.

Hacía mucho que Francisco ya no necesitaba comida y bebida. Y tampoco dormía ya.

Yemita abrió los ojos y tomó una gran bocanada de aire desesperada. Estaba ahogándose.

—¿Qué? ¿Dónde estoy? —preguntó desesperada, el aire estaba diferente al acostumbrado. Enfocó sus sentidos para reconocer su ubicación y tuvo un escalofrío, la situación era más que siniestra, ya no estaba en su mundo.

—¿Dónde estoy? —se repitió Yemita, se levantó y llamó en voz alta a Gerardo, el cuervo, nadie respondió. Yemita ahora estaba más segura que nunca que ya no estaba en su casa.

—Te traje aquí —susurró una voz familiar. Era la Muerte. Yemita se dio cuenta que había sido traída aquí con todo y casa al escuchar una silla que era arrastrada y alguien se dejaba caer en ella.

—¿Qué me has hecho hijo de puta? ¡No puedo sentir ninguna alma!

—Calla Yemita, quiero que cuides de Isabel —susurró la Muerte, Yemita notó sorprendida que estaba herido, realmente herido físicamente, alguien había podido darle un golpe a la Muerte, entonces escuchó los pasos de alguien más.

—Debo de regresar a nuestro universo… necesito destruirlos primero, no regreses, pase lo que pase no regreses, o nuestra vida estará perdida.

—Si —respondió Isabel, una niña que sollozaba.

Yemita escuchó silencio y se asustó.

Francisco Zaldivar se puso de pie y caminó, sin saber por qué sentía los extraños cambios en el mundo. En su mente visualizaba esperanza pero no sentía ninguna, la esperanza en forma de un niño que cómo él caminaba en el mundo. También podía ver a un mutante hecho de piedra, un anciano, una señora asesina y una mujer que antes enseñaba. Francisco odiaba ver todo en su mente y con enojo, se fumó un cigarro más.

—Éste mundo ya está más allá de toda esperanza. ¿Qué no lo saben?

Francisco también sabía que las almas de éste mundo y otros mundos se perdían porque ya no había una muerte que las recogiera. Había unos seres más allá de toda comprensión que se dedicaban a viajar de universo en universo, buscando en cada uno de estos a Aquél que tiene todas las Respuestas para exprimirlos y tragárselos.

—¿Qué pasa cuándo deja de haber una Muerte? —caminó aún más Francisco y dejó que la desesperanza lo invadiera por completo.

Y no sabía porque aún se negaba a morir.

—Tal vez porque… me asusta lo que podría recogerme en vez de la Muerte —cerró los ojos cuando surgió una explosión de luz y escuchó débiles gritos que eran llevados al vacío.

—¿Dónde estamos quién quiera que seas? —preguntó Yemita autoritaria. Escuchó que la niña tomó asiento y sollozó.

—Estamos en un universo paralelo donde estaremos seguras —respondió Isabel y se acarició los ojos con las muñecas, no podía sentirse segura aunque quisiera.

—¿Por qué?

—La Muerte está peleando con algo que amenaza con destruirle.

—¿Por qué quiere que yo te proteja a ti?

—Porque yo soy el Alma de la Muerte y porque sabe que me protegerás ya que si alguien ha de asesinarme, no podré traer a la Muerte de regreso. Y si no puedo traerle de regreso, entonces se perderán todas las almas, y si se pierden todas las almas…

—Entonces no habrá almas que pueda robarme —asintió Yemita.

Isabel miró atenta a Yemita y dejó caer más lágrimas sin poder contenerse.

—Yo te protegeré, no se como, pero yo te protegeré… por algo he matado a millares de demonios en mi sueño, algún poder he de conservar —sonrió Yemita y esperó sentada. Isabel hizo lo mismo y sin saber por qué, sintió admiración por ella.

—¡Qué haces aquí! Bien sabes que los demonios no pueden entrar al reino de la Muerte —gritó el Señor de Todas las Respuestas. Se encontraba en el pasillo multidimensional, donde podía observar los otros Universos donde otros como él existían. Miraba a nadie en particular, sólo escuchaba la respiración pesada.

—Sserrás mío. Ess lo único que debess ssaberr. He ssobrevivido a tress de usstedess y sson parrte mía ahorra, tú no erress máss fuerrte que loss demáss, aunque hablas un poquito máss que los trress que maté hace un momento.
La Muerte hizo una mueca bajo la capucha de su chamarra. Era la primera vez que enfrentaba a uno de éstos seres que creía eran sólo un mito. Sintió el aire que le pegaba fuertemente, cada vez se acercaba más rápido.

Entonces el aire se detuvo.

—¿Quién erress tú?

—Esta Muerte no es tuya —dijo una voz aguda—. Será mía.

La Muerte escuchó gritos, jadeos, la segunda voz era el personaje que le había herido antes, a quién estaba esperando. Su Universo había llamado la atención y ahora estaban diversos demonios que están más allá de toda comprensión peleándose por él.

El Señor de Todas las Respuestas sonrió, al sentirse halagado de tanta atención.

Francisco Zaldivar prendió un nuevo cigarro. Tenía que fumar, no podía dejarlo o sabía que moriría. ¿Desde cuándo sabía cómo iba a morir? Antes de la guerra no fumaba y no le interesaba hacerlo y había tenido cierto conocimiento místico, que le decía de forma casual como iban a morir las personas, ¿o era sólo su activa imaginación?

Había soñado con ser escritor y siempre pensó que ese hubiera sido buen tema, un ser que tuviera el poder de evitar la Muerte diciendo a la persona como iba a morir para que no muriera y se convirtiera automáticamente en inmortal. Y siempre que caminaba en la calle, cada que veía una persona se le ocurría su manera de morir y se sonreía y se pensaba que escribiría una historia al respecto.

Aunque eso era en el pasado y creía que era su imaginación, ahora tenía la absoluta certeza de que su don existía, y sabía muy bien que si dejaba de fumar se lo llevaría el vacío y muy posiblemente los seres que habían destruido a La Muerte de éste universo.

Francisco Zaldivar continuó caminando y de repente chocó con una enorme Piedra. Casi dejó caer el cigarro cuando se dio cuenta que era un ser enorme y la Piedra lo miró a los ojos.

—E…e…eres tú. El hombre Piedra.

Yemita abrió los ojos y sintió un enorme dolor cuando la luz del día se hizo visible. Se tapó los ojos con sus manos rápidamente y gritó de un intenso dolor asustando a Isabel.

—¡Puedo ver! ¡Qué pasa! —gritó Yemita—. ¿Qué Pasa? ¡Voy a morir!

Yemita esperó lo inevitable, que su cuerpo se alentara y descansara lentamente, sonrió, ¿no era lo que había esperado desde hacía cuántos años?, espero y continuó esperando a que su pulso se relajara y su corazón dejara de latir.
No sucedió.

Yemita frustrada, se acomodó en la silla, con sus manos aún tapándose los ojos.

—¿Qué sucede? Debo morir, ¿no es así? Ya se cumplió la condición, ya recuperé mi vista… ¿Qué falta?

—Tal vez… —susurró Isabel—. Lo que sucede es que no estamos en nuestro Universo… y la Muerte está peleando, no puede recoger almas en este momento.

Yemita digirió cada palabra que Isabel susurró y después respondió–: No puede ser.

Isabel escondió la verdad, Yemita ya estaba muerta sólo que su Alma había dejado de pertenecerle a alguien hacía mucho tiempo. El primer inmortal sobre la tierra se había ido a algún lugar lejos de aquí dejándolas solas.

La Muerte sintió un escalofrío repentino recorrer su cuerpo, sintió el peso de unos labios empujando los suyos, un beso cálido y a la vez más frío que los cuerpos que yacían sin almas. Empujó a un lado a su atacante y se apartó. El pasillo multidimensional cambió, mostrando paisajes de los mundos que estaban secándose, dejando a pocos sobrevivientes que se aferraban de una manera extraordinaria a la vida.

—¡Tú aquí! —exclamó la Muerte.

—No puedo perderme esto —sonrió el Primer Inmortal sobre la tierra, la súcubo que tenía el hilo de plata de Yemita en sus manos.

—Lilith, vete.

—Bien, ese es mi nombre… gracias por recordármelo y no puedo irme, ¿Sabes lo qué significa para mi si logran derrotarte?
Escuchó la pelea distante de aquellos seres que querían terminar con él. La Muerte hizo una mueca desagradable, lo único que le faltaba era una zorra caprichosa.

—Soy la madre de los demonios, mi querido Señor, si estos demonios han de llevarte podré regresar al vacío, qué es dónde acaba todo lo que construiste cuando es destruido de esta manera. ¿Te imaginas? ¡Hay una cómo yo en cada dimensión alterna! Nuestro propósito es hacer sufrir a la Muerte o hacer del vacío una fuerza más grande, debo asegurarme que una de las dos suceda y le doy preferencia a la segunda en éste momento. Haz de perder conmigo aquí, lo sabes, ¿verdad?

—No me iré sin luchar. No puedo creer que todo lo que he construido haya sido en vano.

La pelea entre los dos seres había terminado, dejaron de hacer escándalo, después escuchó risas y se lamentó aún más al saber que no sólo eran de Lilith.

Francisco Zaldivar sonrió y le ofreció un cigarro al muchacho llamado Piedra quien lo rechazó educadamente. Tal como lo había visto en sueños, era el ser con la piel endurecida y con una astilla clavada en el codo y era acompañado por una señorita que solía enseñar en el Mundo. Habían platicado un poco y los observó comer ratas que guardaban en casos de emergencia y mucha hambre, le habían ofrecido, pero había sido su turno de rechazarlos argumentando que ya había comido.

—Y bien, ¿a dónde vas? Hemos estado buscando sobrevivientes y los que hemos encontrado no están muy bien de aquí —piedra se dio un golpecito con el dedo en la cabeza—. Y es difícil que dos viajen sin que un grupo de cinco locos quieran intervenir después.

—Entiendo —respondió Francisco, observó a Maestra que silenciosa sólo miraba el horizonte.

—Nos gustaría llevarte con nosotros para hacer un grupo más grande, no sólo por protección, sino por sentido común.
Francisco dio una bocanada de humo a su cigarro y sonrió.

Yemita se mantuvo con los ojos cerrados, no quería ver ni saber nada. Yemita odiaba que su sentimiento más frecuente fuera la frustración. Siempre había motivos extraordinarios y de lo más fantásticos para frustrarse y lo peor de todo es que eran parte de su realidad.

Isabel se paró junto a ella y en un gesto de ternura, le abrazó. Yemita sintiéndose reconfortada dejó que las lágrimas salieran.

—Tranquila, anciana, todo saldrá bien —dijo Isabel.

Yemita sollozó un poco más, después recuperó la compostura y se sentó en su silla, apartando suavemente a la niña.

—Siéntate, tenemos que platicar tu y yo —pidió Yemita, Isabel obedeció y escuchó.

—¿Quién eres tú? —preguntó Yemita.

—Soy Isabel. Bueno, ese era mi nombre mortal. Ahora soy una de las resurrecciones de La Muerte.

—Entiendo. ¿Quién eres? ¿Su corazón? ¿Su cerebro? ¿Su alma?

—Su Alma.

—Bien. ¿Qué hacemos aquí Isabel?

—Los Demonios que comen Muerte vinieron a nuestro Universo… entonces…

—Entonces el hijo de vaca malparida se quedó a enfrentarlos, ¿verdad? —completó Yemita.

Isabel asintió.

—Bueno Isabel, yo puedo discernir dos cosas por lo que me acabas de decir y la jeta que tienes: uno, que Aquél que responde todo va a perder, me trajo a mi para cuidarte hasta el fin de los días y a ti para sobrevivir y recuperar los vestigios de su Universo. Y dos, que quieres ayudarlo y no sabes cómo… pero creo que yo tengo una idea de cómo hacerlo niña, mi conocimiento de La Muerte no es mucho, por lo que necesito que me aclares unas cosas.

—Lo haré Yemita —sonrió Isabel sorprendida y entusiasmada.

—¿Éste Universo ha perdido por completo a su Muerte?

—No lo creo. Hay Demonios del vacío rondando, buscando llevarse lo que queda de éste.

—¿Por qué no lo pueden localizar?

—Pueden ser dos cosas, qué sea muy débil para enfrentarles de nuevo, o que sea demasiado fuerte y éste buscando de nuevo el conocimiento perdido.

—Entonces niña, reza porque sea la segunda razón, y… no puedo sentir ninguna alma en éste mundo es porque no es el de nuestro universo original, ¿cierto? —preguntó Yemita.

Isabel asintió.

—Sin embargo puedo sentir una afinidad con un alma en particular, puedo conectarme a ésta alma y saber que es lo que sucede. Es una alma que purifica a las demás Isabel… creo que tenemos esperanzas de salvar nuestro propio universo.

Francisco Zaldivar observó la astilla de Piedra y luego vio muy claro la forma en que Piedra moriría, se escuchó en pensamientos decirse: “El día en que ésta astilla de madera sea retirada de tu codo Piedra, morirás”, luego miró a Maestra y un pensamiento similar le dijo: “El día en que Maestra sea despojada del fantasma de tu hijo Muerto, ese día, has de morir”, vio perros salvajes en sueños.

—¿Qué te pasa Francisco? —susurró Maestra, Francisco la miró de reojo.

—Debo decirles algo… algo muy importante.

Piedra roncaba, estaba durmiendo. Maestra se sentó junto a Francisco y le miró a los ojos.

—¿Qué debes decirnos?

—Ustedes son unas personas que me han caído muy bien y debo decirles… se los debo…

Francisco iba a decirles como evitar su Muerte, fantasías fugaces de él junto a otros dos inmortales vinieron a su mente, no tendría que soportar el síndrome de soledad del inmortal si ellos dos estaban a su lado, inclusive podrían hacer a los sobrevivientes inmortales, de tal manera que nadie fuera llevado por el vacío.

“Ni se te ocurra hacer eso —dijo una voz vieja en sus pensamientos—. Soy la tía Yemita y necesito que me prestes tus servicios, discúlpate con la señorita y aléjate, tenemos que hablar”.

—Discúlpame Maestra, creo que estoy cansado, iré a dormir —dijo Francisco, pálido. Maestra se encogió de hombros, le sonrió y le besó la frente. Francisco se levantó y se fue a un lugar un poco alejado para acostarse ahí, encendió un nuevo cigarro y se escuchó atento.

“¿Quién o qué eres tú?” —se preguntó Francisco en pensamientos. Yemita le respondió—: “Soy una vieja que cómo tú puede saber como van a morir las personas. Lo que menos queremos en éste oficio es hacer inmortales, créeme. No creas que mi propósito es enseñarte los gajes del oficio, deja de sentir emoción porque no te voy a responder ni un pito de lo que quieres saber. No tenemos tiempo. Necesito que cierres los ojos y te concentres, debes buscar una presencia especial, única, lo sabrás cuando sientes como tu poder se doblegue en respeto”.

Francisco parpadeó rápidamente, no necesitaba hacerlo, ya lo había visto desde mucho antes.

“El niño, es un niño —respondió Francisco en sus pensamientos”.

“Esas dos personas con las que te acabas de encontrar, ¿son buenas personas?”

“Si”.

“¿Crees qué merezcan morir?”

“No”.

“Bien, eso es lo más difícil de nuestro trabajo, entender si las personas merecen vivir o morir, en éste caso, no podemos permitirnos ese lujo, necesitamos que ese niño éste a salvo porque si no, entonces nos llevará el Vacío a todos, los demonios en los que no quieres ni pensar… ¿los recuerdas?”

Francisco se estremeció.

“A esos demonios no les importa si estás vivo o muerto, se llevan tu esencia de todas maneras, esos demonios son capaces de matar a la misma muerte, horrores más allá de nuestra comprensión, ni yo que soy una vieja que lo ha visto todo ha deseado mirarles a la cara y veo con mucho agrado que no se te dificulta entender por qué. Deja de temblar, me asustas, necesito a un macho, a un buey, no a una vaca, te necesito fuerte”.

“…está bien… trataré de ser fuerte Yemita”.

“Eso es muchacho, ahora… esas buenas personas a las que acabas de conocer, son las indicadas para proteger al Muchacho y enseñarle lo que le falta para enfrentar a los Demonios que aún rondan en éste Universo y en el mío. Diles que continúen su camino sin ti, y diles hacia dónde dirigirse, díselo a Maestra, ella entenderá”.

Francisco asintió, esperó más indicaciones pero no las escuchó y el trató de mandar mensajes mentales pero le fue imposible, se sintió muy cansado, se puso de píe con trabajos y llamó a Maestra.

La Muerte podía sentir como sus magos peleaban en todos los mundos con demonios menores que a cada segundo que pasaba se hacían más fuertes gracias al vacío abierto en su Universo. También podía sentir como sus cuervos en la Tierra volaban furiosos tratando de recuperar la calma y buscando deshacerse de los demonios del vacío que se llevaban las almas que les correspondía a estos llevar a su amo.

Sintió las olas de energía que venían en contra de él, Lilith se había fabricado alas de ángeles brillantes que volaban alrededor, causando caos, el Dios del mito había mandado Ángeles para asistir a la Muerte, éstos ángeles peleaban con toda furia y con todo poder, ya que sabían que todo sería inútil si la Muerte llegaba a morir. Sin embargo los ángeles no eran suficientes para la cantidad de demonios que rompían la tela del Universo y las estrellas para salir de las aberturas que generaban, como si todo fuera un inmenso tambor de circo, donde los payasos salían al romper la tela del tambor.

La Muerte sintió sangrar las almas que procesaba en su interior, los demonios que podían acercársele lo suficiente succionaban todo lo que podían, La Muerte alzaba su mano y en esta formaba esferas de energía, ésta energía proviniendo de sentimientos que sus propias almas le otorgaba, esferas de energía que herían a los demonios y los regresaba al Vacío.

Sin embargo eran incontables los demonios los que lograban salir del Vacío, y dos manos y los ángeles no eran suficientes para el Señor de Todas las Respuestas. Lilith dejó escapar su resonante risa, extendió sus dedos e hizo crecer unas uñas con las que hirió el rostro de la Muerte, haciéndole sangrar más Almas.

La Muerte tomó la Mano de Lilith y con el poder que quedaba de uno de los Mundos cercanos le dio un golpe certero. Lilith gritó de dolor, pero al ser el primer inmortal y la madre de los demonios, no sintió más que el dolor plenamente.

El Señor de todas las respuestas se desesperanzó al saber que podía tocar a Lilith pero sólo para hacerle cosquillas.

—Ahora sólo podemos esperar Isabel —susurró Yemita, seguía con los ojos cerrados, no quería abrirlos. Isabel se acercó nuevamente a Yemita y le abrazó, Yemita correspondió el abrazo.

—Gracias tía Yemita —susurró Isabel.

Yemita sonrió. Se meció suavemente con la niña, esperando a que esta se durmiera pronto. Sentía unas explosiones de luz que iluminaban el paisaje y escuchaba gritos débiles de personas que eran lastimadas por las mismas luces.

—Hemos de sobrevivir Isabel y éste universo también.

Yemita hubiera odiado admitirlo, pero necesitaba salvar éste mundo.

No le gustaban las sobras.

Piedra lloraba triste, odiaba que hubiera más muertes en el mundo.

—Ya no más muertes, por favor Maestra… ya no más muertes —sollozó el muchacho llamado Piedra. Maestra lo siguió callada.

—No debemos dejar que la muerte de Francisco haya sido en vano —mintió Maestra, desarrollando la mentira que había preparado para hacer que Piedra caminara en dirección contraria—. Tenemos que llegar a ese lugar que dice Francisco es seguro, debemos honrar su memoria, no podíamos saber que se lo llevarían los perros en la noche. Suerte que nos desperté a tiempo.

—Si, suerte… ya no más muertes —dijo triste Piedra, miró con ojos llorosos a lo lejos como una luz de muerte se extendió quemando todo a su paso, también observó a una señora a varios pasos de un niño que se mantenía en el piso con la mano enterrada.

La señora poseía un cuchillo, Piedra se enfureció y gritó con todas sus fuerzas:

—¡YA NO MÁS MUERTES!

Piedra echó a correr para detener a la señora, sellando así su destino.

Francisco por su lado, había logrado convencer a Maestra de llevar a Piedra con el niño. Se dio cuenta que durante su breve comunicación con Yemita había logrado también sentir dónde se encontraba y pedazos de información que podían serle útiles.
Yemita no estaba lejos, tenía cigarros para llegar con ella, tenía que llegar antes de que todo terminara.

Francisco caminó durante un día entero, en el camino sintió el sufrimiento de Piedra al haberse liberado de la astilla y sintió la alegría de Maestra al haberse liberado de la memoria de su hijo. Todo iba a terminar, pronto, tenía que apresurarse.

La Muerte estaba desangrando, con ironía sentía como la vida se le iba. Lilith se había desecho de los ángeles que en un pasado habían logrado sellarla, ahora era más fuerte y tenía más rencor que nunca, sus alas emuladas se extendían majestuosas y amenazadoras.

—Ven… ya es hora —susurró Lilith. La Muerte intentó golpear y alejar a Lilith pero era imposible, ésta se acercó envolviendo a la Muerte en sus brazos, cubriéndolo con sus alas.

Lilith besó a la Muerte y empezó a succionar las almas de su esencia misma. Los magos empezaron a perder las fuerzas. Los cuervos dejaron de luchar. Los ángeles perdieron las hojas de sus alas.

Yemita abrió sus ojos y dejó que la luz le penetrara. Isabel sollozó furiosa.

El niño se tomó el corazón, enterró una mano en la tierra y empezó a tomar su decisión.

Piedra encendió sus ojos de furia y grito: Espero que valgas la pena.

Francisco casi olvida encender otro cigarro, estaba ante la puerta de Yemita.

El Universo dónde el Señor de todas las Respuestas se dejaba morir en un beso se iluminó de formga grandiosa. La figura de un niño dio nuevas fuerzas a todo. Lilith se alejó temiendo por su propia vida.

El Niño Muerte abrazó al Señor Muerte y le regresó sus almas poco a poco absorbiendo a los Demonios del Vacío que eran lo suficiente estúpidos para no retirarse a tiempo con su botín. Los ángeles gritaron victoriosos, los magos en la tierra persiguieron a los demonios menores que huían cobardemente, los cuervos trataban de capturar las almas que los Demonios del Vacío olvidaban atrás.

—¿Cómo es eso posible? ¡Si yo no puedo morir! —gritó Lilith—. ¿Cómo pudiste hacerme tal daño!

—Cuando la Muerte ha llegado a su perfección, entonces es hora de cerrar su propio Universo, seres como yo estamos más allá de todo, ¿comprendes?, yo puedo llevarte si lo decido, pero no me corresponde porque no es mi Universo. Mi hermano ha de destruirte cuando llegue el momento. ¡Ahora vete demonio, vete!

Lilith lloró frustrada y voló alejándose.

Yemita se dio cuenta que su ceguera había vuelto, Isabel reía alegre en alguna parte del cuarto, sintió como todo empezó a temblar, iban de regreso a su universo. Escuchó las rápidas pisadas de un hombre debilucho.

—¡Yemita! ¡Yemita! —gritaba el hombre.

—¡Francisco! —gritó Yemita de regreso, extendió la mano, esperando que éste pudiera alcanzarla y sonrió ampliamente al sentir la piel de Francisco tocando la suya.

—¡Vamos de regreso Yemita! ¡Gracias, gracias! ¡Eres lo máximo Yemita! —brincó y gritó Isabel.

Yemita se carcajeó al pensar, como en muchas otras ocasiones, lo santa que era.

Epílogo.

Francisco caminó sin rumbo entre la muchedumbre, estaba en un nuevo universo, no podía sentir las almas como antes pero no le importaba, era más divertido imaginarse la forma en que estas podrían morir, se sonrió ya que además era un alma que en éste nuevo universo no debía existir, podía hacer lo que quisiese, inclusive había podido dejar de fumar, ya que siempre sería inmortal en este universo. Ningún demonio podría encontrarle porque su alma no pertenecía aquí.

Se sentía en casa, después de todo por fin se sentía en casa. Se sonrió al escuchar que Yemita le saludó en pensamientos y devolvió educado el saludo. Prendió un cigarro por puro placer y continuó su eterno caminar.