3 de diciembre, del año cero.
Los soldados de un país ficticio fueron reclutados para la guerra por medios masivos de comunicación cómo lo es la televisión y los periódicos. Los tenientes pasaron a las universidades y a las aulas de los preparatorianos que cursaban el último año. Panfletos volaron en las calles y se convirtieron en otra especie de ave cuando el viento los llevaba lejos. Los panfletos se convirtieron en noticias para los pobres, noticias de que podían viajar en el mundo aunque tuvieran que matar para hacerlo, promesas de otros mundos donde tal vez la vida fuera mejor.
Los campesinos que mueren de hambre y los jóvenes idealistas e impresionables, son siempre el primer objetivo para la construcción de la máquina de guerra. Frases impresionables como “Hazlo por tu país”, “En nombre de Dios” y “Por la construcción de un mundo mejor”, pasaron a la historia del país ficticio como un himno.
Ahora me encuentro viajando con el pelotón número cuarenta y cinco. Somos los “Guepardos”. Recibimos entrenamiento todos los días porque la mayoría de nosotros está en sus 19-23 años. Escucho chistes optimistas y miro rostros de jóvenes que se creen adultos al llevar su cigarrillo a la boca. Todavía no he escuchado el sonido de una pistola al ser disparada en una situación de guerra, en los entrenamientos se escucha seco. Se me hace importante conocer ese detalle, no se por qué.
Para los despistados que logren obtener este diario, mi nombre es Daniel y estudiaba Arquitectura. Cómo todos los jóvenes de mi edad, esperaba soñar con un mundo mejor y aquí estoy, haciendo que mis palabras sean acciones. No lo hago por mi país, no lo hago en nombre de Dios, no lo hago por la construcción de un mundo mejor. Sencillamente, necesito sentir que estoy haciendo algo trascendente.
Vivía con una familia de cinco, padre, madre y dos hermanos que son menores que yo. El pequeño Damián, quiere ser astronauta, como viejo cliché de familia tierna y mi hermanita, Minerva, solo juega a ser mamá con sus muñecas.
Cuando me llevé el saco militar a la espalda, mi madre estaba hecha un mar de lágrimas y mis hermanos me abrazaron con los ojos brillándoles, querían demostrar que eran fuertes y que mi ideal vale la pena. Mi padre, se fue avergonzado y me ignoró mientras veía la televisión, ojalá entendiera por qué hago esto.
Ahora que estoy en el camión, con mis compañeros Guepardos, todavía no se lo que hago… pero seguramente lo descubriré en el camino, me convertiré en un hombre que pueda decir que estuvo en la guerra, que serví a una idea. Aprenderé a decir que mancho de sangre la ropa de los niños en nombre de la paz y la gente asentirá y me mirará con respeto.
El ejército hace hombres… al menos, eso decía en el panfleto.
11 de diciembre, del año cero.
Nos han enviado a una locación como pelotón de apoyo. Según el general es importante conservarla y nos mandó con una bendición que la mayoría de nosotros aceptó con agrado. Otros tantos, ya no creen en Dios. Por cierto, empecé a fumar… puede parecer no relevante. Ahora me agregarán una cajetilla de cigarrillos cada semana que nos den las provisiones.
Sucedió que miré a Alberto apagar un cigarrillo e inmediatamente prendió otro. Jacinto también se percató de ello y le hizo el comentario: “Si sigues fumando así, te matará primero el cáncer que el enemigo”. Alberto se carcajeó y sus ojos se hicieron muy tristes, respondió indiferente: “Tal vez eso espero”. Yo tragué saliva y lo comprendí en el alma, entonces me acerqué y le pedí que me diera un cigarrillo para aprender a fumar.
Llevamos aquí tres días y el pelotón de los Guepardos está aprendiendo en la práctica lo que no te enseñan en los entrenamientos. Nos estamos cuidando la espalda como antes no lo hacíamos. Algunos lloran en las noches, sobre todo los que hacen la guardia. Los escucho porque es difícil dormir en estas situaciones. Yo no lloro, quiero regresar a mi casa con la convicción de que fui un hombre.
No ha muerto ninguno de mi pelotón y espero que nadie muera. Creo que eso nos mantiene más unidos que nunca. Cuando llegamos aquí, nos dieron la cifra de que ya había once bajas en el pelotón número veintitrés, los “Gamos”, que pronto enviarían más refuerzos tan pronto hubiera disponibilidad.
Por cierto… el sonido de una pistola sigue siendo el mismo, la diferencia radica en que se escucha un grito o un cuerpo después de que la bala pega en el objetivo.
Un THUD, tan seco como el BANG.
8 de febrero, del año uno.
¡oh Dios! ¡Qué hago aquí!
Quiero regresar a casa con mamá… con papá… con mis hermanos.
¿qué hago aquí? Dime Dios… qué hago…
14 de febrero, del año uno.
Por las fechas, me fue inevitable, me acordé de Romina, mi ex-novia. Rompimos cuando se enteró que me había enlistado. Antes todo iba muy bien entre nosotros, incluso habíamos comentado acerca del matrimonio. Ahora le envío una carta cada semana, platicando de lo mucho que la extraño y que espere por mí, ella me ha respondido ésta última y me alegra el corazón saber que todavía me quiere.
Ella se acordó de nuestro primer beso, me mandó una carta detallándolo. Fue una mañana de Junio, estaba nevando e íbamos en el camión juntos. Platicamos lo que siempre platicábamos, la familia, la escuela, qué tal le iba a ella en el grupo y qué tal me iba a mí con mis diseños. Ella encontró el frío como una excusa para recargarse en mi hombro y yo la rodee con el brazo. La observé cerrar sus ojos y quedarse dormida, le acaricié levemente el cabello y su cuello, no resistí el deseo y tuve que besarla.
La cachetada que me dio después fue increíble, como nos reímos recordando eso… de hecho, en este momento estoy sonriendo.
En esta guerra, estoy esperando que ella sea la guía de mi vida y parece que seguiré rezando por ello, porque cada vez que observo un enemigo el impulso se ha convertido automático. Alzo mi rifle y disparo, veo la sangre correr. Creo que… si, ella es mi guía, ya que inmediatamente después de matar, cierro mis ojos y pienso en lo mucho que quiero regresar con ella y con mi familia.
Regresando a casa le pediré matrimonio, terminaré mi carrera de arquitecto y me las arreglaré para vivir tranquilo a lado de sus ojos, su sonrisa y su mano tocando la mía… espero que pueda aceptar que está manchada de sangre.
A mi madre también le escribo, pero nuestras cartas se tornan banales… no quiero que ella se espante y estoy seguro que ella no quiere espantarse. Evitamos este tema de conversación, como si al escribir la palabra “Guerra” el papel podría tornarse leproso. Me cuenta de mis hermanos y estoy seguro que siguen en las mismas, Damián probablemente ahora querrá ser presidente y mi querida Minerva, seguro está queriendo ser abogada… en estos tiempos, ya no parece ser tan atractivo el querer ser mamá.
17 de febrero, del año uno.
Quedamos diecisiete corderos,
Con armas de hombres
Y como hombres, groseros
Sonreímos al matar al enemigo
Cuando se esconde en el trigo
Y así no pasamos hambres
Quedamos diecisiete corderos,
Llevando la marca de Cristo
Con cara de mineros
—Ennegrecida por el tiempo—
Seguro Dios se ríe de esto.
5 de marzo, del año uno.
Me he dado cuenta que, efectivamente… estoy haciendo algo. Matar gente, es todo. No hay nada importante en la guerra, sólo matar vidas. No se hace por la paz de un país, ni por la construcción de un mundo mejor y creo que soy el más idiota del mundo, por creer que de esta forma haría algo de mí mismo. Me convertiría en un hombre, según yo.
Ahora lloro en las noches de guardia, he encontrado los motivos, soy de los tres que quedan en el pelotón de los Guepardos. Alberto murió la noche de ayer, mientras fumaba un cigarrillo una bala le perforó uno de los pulmones… ¿no es eso gracioso?
Esto me ha enloquecido a tal grado, que me eché a reír nada más de pensar la escena… ¡Se imaginan? El humo del cigarrillo saliendo por uno de los pulmones y el rostro de Alberto que le crecieran los ojos y se le saliera la lengua como en una caricatura. Gritaría como mujer y correría desesperado buscando como taparse el agujero donde le sale la sangre a borbotones.
Ah… pinche Alberto… ¿por qué no fuiste una caricatura? Al menos me has hecho reír hombre, gracias… reír hasta las lágrimas Alberto… jajajajaja.
7 de marzo, del año uno.
Dos soldados que caminaban a mi alrededor, empezaron a hacer cuentas de cuántos muertos llevaba cada uno. Me dio un sentimiento de asco y les pregunté en que clase de monstruos se han convertido, después me enteré que tan solo llevaban tres días enlistados y lo comprendí todo. Vaya que lo comprendí todo.
10 de marzo, del año uno.
Me fue inevitable, descubrí a la mujer de unos veintitantos años y esta me observó con miedo. Su marido y su hijo yacían muertos por las balas perdidas.
Mis compañeros se dieron cuenta del descubrimiento, les di mi arma y me quité el casco. Con una destreza que no sabía que tenía, me bajé los pantalones y la forcé a hacerlo. Ella me gritó y uso sus uñas para marcarme las mejillas, pero los otros se encargaron de detenerle las manos y utilizar su boca de una manera más creativa.
El sentimiento primitivo me embargó monstruosamente, se apoderó de todo mi cuerpo y la fuerza de mis músculos, ella se resistía y entre más lo hacía, menos podía detenerme. La penetré una y otra y otra y otra. Tal vez estaba sangrando, no me fijé después de utilizarla.
Y ella se quedó en silencio de repente, en silencio y con la mirada vacía mientras yo me aprovechaba de ella como un animal. Me dieron ganas de abrazarla y hacerlo de manera más tierna, que me quisiera, que no me mirara como un monstruo…
Pero es que ya también lo soy y Dios me perdone, pero no volveré a escribirle a Romina después de esto.
13 de marzo, del año uno.
Vengo de un país ficticio y me pregunto, si algo de lo que he escrito no es tan real como lo que he vivido el año y fracción que he estado aquí. Me pregunto si hay algún lugar en la gracia del Cosmos, en el que no sucedan estas cosas y sólo pueda sentarme tranquilo. Sin llorar en las noches o reírme de la muerte. Un lugar donde no esté ideando cancioncitas de cuántos quedamos y dónde no tuviera que pensar en la mujer en vez de Romina, al cerrar mis ojos. Tal vez haya un lugar así… y probablemente Alberto llegó primero, con su cigarrillo en los labios y su grito de mujer, como en una caricatura.



